ADORACIÓN REAL, PERPETUA Y UNIVERSAL AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (ARPU)
Noviembre 2025
Queridos hermanos de la Adoración Real, Perpetua y Universal al Santísimo Sacramento, queridos amigos, simpátizantes y quienes por diosidencia habéis llegado a esta carta.
La carta de octubre la terminé compartiendo este extracto de carta de nuestra Fundadora Dª Juana:
«[…] y para guardar los mandamientos no hay cosa mejor que la devoción al Santísimo Sacramento. Comulga, hija mía, que yo te daré gracia para que guardes los mandamientos. Ven al Sagrario. Yo te daré gracia para comulgar dignamente. Acompáñame en el Santísimo Sacramento y yo te acompañararé a ti y te libraré de todo mal. En el Santísimo Sacramento estoy tan vivo y real como estoy en los Cielos y derramo gracias y bendiciones sobre todos los que vienen a visitarme» (2 de julio de 1922).
La traigo a la memoria en este mes dedicado a rezar por nuestros hermanos que ya han terminado su peregrinación en esta vida caduca, en el que se nos invita a reflexionar en los «novísimos», en las «postrimerías», en la comunión de los santos, ¡qué realidades tan tremendas y hermosas!. Los hermanos comulgamos el mismo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor y lo adoramos (estamos llamados a ello) en la tierra como es adorado en el Cielo. Aquí es donde cobra importancia nuestro querido Movimiento porque vivimos en la tierra participando del gozo de nuestra vida eterna, donde nuestros hermanos difuntos están llamados a participar.
Unos ya están cantando «Amén. La bendición, y la Gloria, y la Sabiduría, y la acción de gracias, y el honor, y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén. ¡La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! (Primera lectura de la Misa de Todos los Santos, del Apocalipsis) y «Santo Santo Santo es el Señor Dios de los Ejércitos. Llenos están el Cielo y la Tierra de tu Gloria» (Is. 6,3). Entre estos santos hermanos, cuya santidad sólo de unos pocos ha sido reconocida por la Iglesia; de entre todos ellos, quienes fueron adoradores en la tierra, están en un lugar predilecto en el Cielo, más cerca de Dios, pues buscando estar cerca de Dios estando «lejos», han sido premiados con una íntima y privilegiada posición; aquellos que parecían últimos entre nosotros, han sido tomados por la mano y colocados en un puesto superior: «Amice, ascende superius», ¡amigo, pasa más adelante!, o literalmente: asciende más alto (Lc, 14). Es una promesa de Jesús recordada constantemente a muchos místicos, entre ellos nuestra querida fundadora.
Un segundo grupo de hermanos necesitaremos purificar nuestras frialdades, tibiezas, nuestras ofensas. Esta purificación es en el Purgatorio, con grandes sufrimientos para el alma, pero con un sufrimiento esperanzado por quienes se saben salvados y desean esa purificación para poder vivir en plenitud en la presencia del Amor de los amores. Estos hermanos se purifican justamente y con gran humildad. Todos llegarán antes o después al Cielo, pero necesitan nuestro perdón si somos los ofendidos (si no perdonamos nosotros tendremos que purgar esta falta de misericordia), necesitan nuestra oración, nuestro sacrificio, nuestro ayuno. Nosotros cada vez que ganamos indulgencias podemos aplicarlas a las almas del Purgatorio, debemos ofrecer misas, adoraciones, renuncias, perdón. Esto es un acto de caridad y ellos cuando lleguen al Cielo serán intercesores personales nuestros. Otros lo harán por nosotros cuando estemos en la misma situación, porque otros hermanos seguirán predicando estas verdades y moviendo corazones al amor por las almas de la Iglesia purgante. La fundamentación evangélica del Purgatorio está en Mt 5, 26, por ejemplo: «no saldrás de ahí hasta que no hayas pagado hasta la última moneda», también en el Apocalipsis dice que no se entra en la Nueva Jerusalén sino hasta estar perfectamente purificados (Ap, 21-27).
Un tercer grupo de hermanos no tendrán el arrepentimiento necesario por sus pecados mortales. Estos durante toda su vida y hasta el momento mismo de la muerte han rechazado a Dios. Acabado el tiempo de amar, que han dedicado a rechazar el único Amor vedadero, son conscientes de lo que han perdido y entran en una eterna angustia porque su «corazón no descansa por no hacerlo en Dios» (cf. San Agustín); el sufrimiento infringido no es castigo de Dios, sino pago justo de sus pecados y fruto del engaño de Satanás que los fue embaucando toda la vida con la promesa de «seréis como dioses». No podemos impedir que quien no quiera salvarse vaya a este terrible lugar, pero sí podemos dedicar nuestras vidas para pedir la conversión de los pecadores más duros de corazón, los que están con la vista nublada por los artificios del demonio, por aquellos que su vida ha sido tan infiernal que su corazón no alberga más que odio. Debemos rezar por la conversión de los políticos, ideólogos y sustentadores económicos de ideologías que llevan a nuestros hermanos, a ellos mismos, a la condenación. Debemos sufrir más por ellos como si fueran hijos nuestros que no veremos en el cielo por toda la eternidad. Sufrir por estas almas, las más duras de corazón, los perseguidores, los violadores, los corruptos, los deformadores de conciencias, los sacerdotes infieles, los laicos que promueven odios, los que piensan que nunca se descubrirá su pecado. Cada una de estas almas que va al infierno es una profanación del Cuerpo místico de Dios. Una profanación que es poco sufrida y casi nunca reparada. Algunos místicos recibieron de María reproches porque estos hermanos nuestros no se salvaron ayer, y hoy, porque no hay quien rece por ellos y algunos no se salvarán porque nadie rezará por ellos. ¿Se nos preguntará en nuestro jucio si rezamos suficiente por la conversión de los hermanos cuyas vidas nos asquean insoportablemente? Se nos examinará del amor. A veces siento en la oración el arrebato de pedir una estancia más larga en el purgatorio si con eso soy capaz de que un alma se libre de la condena eterna. Seguidamente, os confieso, dudo si lo hago por falta de conciencia del sufrimiento que hay en el purgatorio, aunque sea esperanzado, o si sea un sentimiento de vanidad que me lleva a hacer promesas a la ligera. De algún modo sufro por cada una de las almas que rompen eternamente su comunión con Dios y que son miembros amputados sin piedad, ni anestesia del Cuerpo Místico de la Iglesia. Hay teólogos que se preguntan si Dios sufre; en mi limitación académica y espiritual creo que sí. Si en el Cielo hay un dolor que hace temblar toda la creación, efectivamente son las «lágrimas» de Dios por cada hijo perdido, pero «Dios que te creó sin tí, no quiere [ni puede] salvarte sin tí» (S. Agustín), María mismo en su apariciones como en La Sallet, llora con amargura, algunas imagenes de María como la de Akita, Japón, lloran sangre. ¿No llorará Jesús al ver llorar a su Madre y nuestra Madre?
Quiero ir terminando. Dª Juana recibió el consuelo de Jesús que le prometió que sus hijos de la ARPU recibirían la gracia de no morir en pecado mortal y que durante nuestra vida, mantendría nuestra conciencia recta para rechazar el pecado y luchar de su mano: «te daré gracias para que guardes los mandamientos».
Voy a terminar con una párrafo de Dª Juana para motivarnos al cumplimiento de nuestros propósitos porque son muchas almas las que saben que su última ancla de salvación son los hermanos adoradores.
Satanás en su odio a Cristo, cercó entonces de hielo el Sagrario; hielo que se va derritiendo hasta convertirse por la gracia de Dios en hogueras de amor vivo que abrasará al mundo en el amor a Jesús Sacramentado, tal como la gratitud, justicia e interés personal nuestro reclamen… Pero ha de ser muy pronto, porque el mundo se hunde y sólo Dios puede salvarlo, y lo salvará, si le hacemos dulce violencia ante el Sagrario con nuestro amor y compañía, que es sencillamente lo que pretende la obra de Adoración.
Quiero felicitar a Charo, nuestra Delegada Nacional y Diocesana de Burgos que se ha casado el pasado 25 de octubre. Un modelo de boda católica por la fe de los nuevos esposos, el sentimiento y el apostolado desarrollado plasmado con los proyectos en África. Nos unimos en oración, con toda la Iglesia: Triunfante, purgante y militante; por el mundo, nos unimos con lágrimas en los ojos contemplando las lágrimas de Dios y de María por la amputación sufrida en la Iglesia y el poco dolor que nos causa, y llevamos estos sentimientos ante el Sagrario donde nos espera Jesús vivo y verdadero, como está en el Cielo, donde nos espera María con su Corazón Eucarístico y también las almas que nos aman.
Quiero ser adorado de todos los hombres en todos los Sagrarios de la tierra. ¡Nos vemos en el Sagrario! Donde se dan cita las almas que se aman:
Valero Vilariño García
Vocal del Consejo Nacional y del consejo Diocesano de Burgos
