¡Quiero ser adorado de todos los hombres en todos los Sagrarios de la tierra!
Febrero 2026
Estimados en los Corazones eucarísticos de Jesús y de María;
el mes pasado hablamos de la finalidad y formas de la adoración según nuestra espiritualidad «acompañar, adorar, dar gracias, reparar y desagraviar al Santísimo Sacramento reuniendo en torno al Sagrario al mayor número posible de almas creyentes en la Presencia Real y amantes de la Eucaristía» (Estatutos 1956).
Este mes de febrero desearía comentar unas dificultades que nos pueden afectar en nuestra vida de adoradores, ideas que he entresacado del libro Arte del buen combate (P. Fabio Rosini, 2023) que desentraña la obra del monje oriental Evagrio Póntico.
En este libro el P. Fabio pretende hacernos ver que la primera batalla de la vida espiritual se debe hacer contra uno mismo. Yo soy mi primer campo de batalla: «hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano…» (Mt. 7,1-6).
Por supuesto tenemos que ser conscientes de que el engañador está atento para desalentarnos, confundirnos y usará distinas puertas para lograrlo.
La obra desarrolla ocho puntos de trabajo, ocho pensamientos, o demonios, que dificultan el éxito de esta batalla espiritual. Encontramos la gula como fundamento (que estas piedras se conviertan en pan), la lujuria como apetito o gula de la carne, la avaricia, la ira, la tristeza, la acedia, la envídia como vanagloria y la soberbia. En esta carta voy a tratar de reflexionar sobre la tristeza y la acedia como elementos que nos pueden afectar en nuestra vocación en la Adoración Real, Perpetua y Universal al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
Dice Evagrio Pontico que «la tristeza es un inquilino perjudicial, un anticipador del desarraigo, compañero de la angustia, una lamentación exasperante, oscurecimiento del alma […]». Viendo el lento avance de nuestro Movimiento, reconociendo su beneficio espiritual para los cristianos y por ello para toda la Iglesia; es más, viendo que vamos a hacer 100 años y que nunca hemos tenido tan pocos adoradores y tan pocos atentos con su compromiso, podemos fácilmente caer en este endemoniado enemigo del alma, que es la tristeza. Un enemigo difícil de reconocer porque no genera obras concretas reconocibles como los otros enemigos y se distingue de ellos pues ésta, hurga en el mal desde la irrealidad, la expectativa personal o del grupo, del pasado y del futuro cayendo en «profecías» dramáticas, pesimistas, confusas, y parece sentir placer en la propia infelicidad. Resumiendo, podemos decir con Evagrio «la tristeza es privación del placer presente o futuro». Placer por el puro amor y actuar de Dios.
En este punto podemos hacer una pausa y analizar en verdad que existen dos tipos de tristeza, una negativa que la he planteado ya y otra aquella tristeza positiva que me lleva a pedir perdón por los errores cometidos pero que me impulsa a levantarme y seguir caminando. Una tiene miedo al castigo personal por mi propia frustración y otra es movida por el deseo de amar a Cristo, la búsqueda del bien de la comunidad, de nuestra ARPU, y confía en la misericordia de Cristo, en su acción salvífica y se abandona en sus brazos, tal cual es.
Dice el P. Fabio Rosini que la tristeza es un «demonio lento» por lo que su acción pasa inadvertida hasta que se está sumergido en ella, agonizando en ella, sin lograr ver las cosas hermosas que suceden a nuestro alrededor: las numerosas conversiones al catolicismo donde nuestra ARPU tiene mucho que decir y proponer y la vuelta a casa de muchos que anduvieron lejos y que, faltos del Alimento, Viático de los cielos, necesitan quienes les lleven al Pan Vivo oculto en el Sagrario que se nos da en comida para nuestra Vida.
Debemos vivir en la alegría que es destrucción de la tristeza y acción de gracias en la adversidad, que nos mueve a la oración, a la búsqueda de Jesús en el Sagrario, al deseo de desempeñar un apostolado donde volcar las ilusiones.
Para llegar a esta alegría hay que purificar la intención y el pasado. Esto es lo que llamamos conversión, cambiar de vida y para cambiar de vida debemos también cambiar los pensamientos y los sentimientos. Jesús realiza esta «terapia» con Pedro: «Pedro ¿Me amas?»; tres veces le pregunta hasta que reconoce su pecado, lo acepta y comienza una nueva etapa más madura, no basada en sus fuerzas sino en la confianza en Cristo y en los hermanos: «Otro te ceñirá y te llevará donde no quieras». La alegría cristiana es un recorrido, dice el P. Fabio, que pasa por el desierto y llega a la tierra prometida.
Así podemos interpretar nosotros los caminos por los que ha caminado nuestra familia de la Adoración desde su fundación, la persecución religiosa de la II república y la Guerra Civil, la pérdida de vocaciones a la adoración, el caminar sin la guía de un Consiliario Nacional, pero con la certeza de las promesas hechas por Cristo a Dª Juana, y que Cristo quiere purificarnos para que el mundo reconozca que esta Obra es Suya y nosotros instrumentos en sus manos: ¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo! (Slm 117).
El demonio de la acedia. «Es una amiga etérea, un paseo, odio de la laboriosidad, […] retraso en la oración, relajamiento en la ascesis, un dormir cuando no es el momento, un sueño que invade, enemigo de la celda (del recogimiento), […]». La acedia no es pereza como tal sino «un cansancio ante el bien», no se distingue por un «no hacer nada» sino en un evadirse de los propios compromisos incluso realizando cualquier proyecto menos el tomado ante Dios.
En el libro «Arte del buen combate» que os comento llama a la acedia «enemigo de la celda» porque nos aparta de aquello que nos produce recogimiento y hace crecer la vida interior. Es difícil de reconocer precisamente porque nos encontramos muy activos y, aquí está el peligro, sin tiempo para la oración, la adoración, visitar a Jesús en la Eucaristía cada día, atender la familia; o sea, las propias responsabilidades. Así la oración se vuelve árida, la vocación inútil, por lo mismo el compromiso es una carga: lo que nos enamoró en un principio ahora es irritable y angustioso. La cuestión es que no quita las fuerzas, sino peor, quita el sentido del combate.
Otra manifestación de la acedia es una tristeza NO por el mal cometido y las propias omisiones, sino por el bien que exige la perseverancia y más cuando es fácil evadirse al ser, la adoración y celo eucarístico, un compromiso personal con Cristo, un bien de justicia, y que no se nos impone en una regla comunitaria, sino en la conciencia iluminada por el Espíritu. Por eso el acedioso huye, cambia constantemente y abandona repentinamente, busca distracciones apostólicas, espirituales, pastorales para no comprometerse.
La acedia también la sentimos los estudiantes, y nos puede servir su ejemplo para verlo más claro: ante la exigencia del estudio, planteo la necesidad de hacer más deporte, de comprometerme más en el grupo de la parroquia, etc; y falta tiempo para coger los libros. La mediocridad de las notas, produce tristeza no por reconocer que no se estudió suficiente y dedicar el tiempo a mil distracciones que a priori, per sé, son buenas y hasta santas, sino por el sacrificio que supone la responsabilidad del propio estudio.
Pero nos mentimos y excusamos diciéndo que no es importante, que ya no soy el mismo de antes, que Dios me ha dejado solo, que hay prioridades más importantes. Así este demonio ataca más a personas buenas que a los tibios o indiferentes. Al menos esto es un pequeño consuelo, porque si lo tenemos quiere decir que estamos en el buen camino y de aquí se puede salir y además con rapidez y mucho éxito.
La esperanza es la virtud que ataca con eficacia la acedia. No es necesario un acto heroico sino hacer lo pequeño, cumplir lo prometido, no huir cuando el gusto desaparece y mantener la esperanza. Rosini propone tres actitudes claves:
1. Permanecer: no cambiar de lugar, de misión, de compromiso mientras no sea necesario y no se hayan conseguido las metas propuestas.
2. Aceptar y reconocer la sequedad espiritual, entendiendo que la falta de sentimiento no es razón para romper con los compromisos sino un reto para madurar, para purificar la intención.
3. Volver a la palabra. La acedia se alimenta de pensamientos y, verbalizar con un confesor o director espiritual esta situación del alma, ayuda a asentar los compromisos y salir del sentimentalismo.
Para terminar, Rosini considera la Eucaristía clave para salir definitivamente de este letargo. Volver el rostro a Cristo en el Sagrario es el antídoto para la acedia porque enseña a amar sin sentir, a permanecer sin recompensa inmediata, a confiar cuando todo parece estéril o rutinario. El acedioso huye del Sagrario porque no percibe que sea productivo estar sentado o de rodillas un tiempo que podría usar para otras «cosas mejores»; sin embargo quien persevera y permanece ante Jesús en la Eucaristía recobra fuerzas, encuentra sentido, es consolado, reconfortado; porque Jesús siempre da más de lo que recibe.
El demonio «no quiere que peques» es más inteligente. En general todos tenemos aversión al pecado. Él quiere, para empezar, y no llamar la atención, que estés disperso con mil cosas antes que con tus responsabilidades y compromisos.
Hoy los católicos nos agobiamos con la cantidad de compromisos adquiridos en mil apostolados porque decimos que somos pocos para mucho trabajo y tal vez, este pluriempleo, impide que otros se comprometan y que nosotros realicemos adecuadamente los compromisos que el Señor quiere para nosotros. Debemos hacer un discernimiento y por eso llamo a incrementar la oración personal, las visitas a Jesús en la Eucaristía, ser fieles a nuestra media hora de adoración semanal. Si no tenemos un director espritual buscar un sacerdote con don para orientar almas y, si podemos, participar en ejecicios espirituales para reposar el alma y retomar fuerzas, con la ARPU o con otros movimientos, que es un ejercicio que ayuda grandemente a este discernimiento.
Encomendamos a Dª Juana, desde el lugar privilegiado en el que está en el cielo como alma adoradora, que consiga para la Adoración las gracias necesarias para ser fieles al don recibido y que lo hagamos fructificar responsablemente.
Que Cristo Eucaristía sea el centro de nuestro ser y actuar… en humildad, en alegría, con constancia fiel.
Juana Carou Rodríguez, ruega por nosotros.
Valero Vilariño García
Vocal del Consejo Nacional y del consejo Diocesano de Burgos
¡Nos vemos en el Sagrario!
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Efemérides y Memorare febrero 2026
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