ADORACIÓN REAL, PERPETUA Y UNIVERSAL AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (ARPU)
¡Quiero ser adorado por todos los hombres en todos los Sagrarios de la tierra!
Mayo 2026
Queridos adoradores de la ARPU,
¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
¡Feliz y santa Pascua de Resurrección! ¡Feliz y santo Tiempo Pascual!
Los frutos de la Pascua, la alegría y la paz, nos desbordan en este tiempo litúrgico. El acontecimiento central de la historia, que tuvo lugar en la Plenitud de los Tiempos -la Encarnación del Verbo Eterno del Padre, y su Pasión, muerte y resurrección- lo volvemos a celebrar cada año en este tiempo, y eso nos llena de enorme gozo.
La celebración anual de la Pascua de Resurrección es el acontecimiento más importante del año.
Hacemos presentes cada año los misterios centrales de la Obra Salvadora de Dios, que nos redimió del pecado y de la muerte mediante la entrega de Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, en la Santa Cruz.
“Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1Cor 15,14). Pero Cristo resucitó, venció al pecado y a la muerte, vive para siempre y habita en medio de nosotros, en la Santa Iglesia Católica, Cuerpo Místico de Cristo, hasta el fin del mundo. Nuestra paz y nuestra alegría no se sustentan en ideas o acontecimientos temporales o efímeros, sino que se sustentan en la Obra Salvadora de Dios Todopoderoso que, por su Infinita Misericordia, nos ha salvado en Cristo, nuestra esperanza, la Roca Firme que nunca falla.
“Cristo ayer, hoy y siempre” son las palabras que resuenan en la Santa Vigilia Pascual a la luz del Cirio Santo. Cristo vive eternamente, glorioso y resucitado a la diestra del Padre, pero también en medio de nosotros, en especial en la Sagrada Eucaristía. En la Hostia Consagrada, bajo la apariencia de pan, está la presencia Real, Verdadera y Sustancial de Nuestro Señor Jesucristo, Vivo, Resucitado. Cada Sagrario de la tierra encierra este admirable misterio: todo un Dios, Omnipotente, Altísimo, Todopoderoso, Eterno, que se ha abajado hasta el extremo y que ha querido quedarse con nosotros, pobres criaturas, hasta el final del mundo, para que nunca jamás caminemos solos en nuestra travesía terrena hasta la Vida Eterna en el Cielo.
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor” (Sal 115). Ser verdaderamente consciente de la Obra de la Salvación de Dios, realizada en Cristo, hace que en nosotros brote un inmenso agradecimiento. ¿Quiénes somos nosotros para merecer tanto amor de Dios? Nos abruma haber ofendido a Dios con nuestro pecado y nos brotan las ganas de no pecar más, de no ofender a Dios más, de reparar por tantas ofensas como el Señor recibe a cada momento en todo el mundo. De este corazón arrepentido y agradecido no puede sino surgir un profundo deseo de corresponder a lo que Dios ha hecho por cada uno de nosotros: el Señor entregó su vida por mí, por mi salvación. El Señor, desde el sagrario, nos llama a no ofenderle más, a reparar las ofensas que recibe, y a consagrarnos a Él con una vida santa: una vida que busque siempre y en todo hacer la Voluntad de Dios; una vida que a cada momento pregunte al Señor, como un buen siervo, qué desea de mí; una vida que sepa que todo lo que tiene –la propia vida y cada uno de los dones recibidos-, no son sino para ser ofrecidos al Señor como agradecimiento por tanto amor recibido.
Este Tiempo de Pascua se adentra en el precioso Mes de Mayo, mes de María, mes de las flores. Si queremos agradecer a Dios tanto bien recibido, miremos a Nuestra Señora. Ella, la esclava del Señor, la mujer más libre, solo quiso cumplir en todo lo que Dios quería. Con su “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), que se repitió en cada instante de su vida y se repite hoy y siempre en el Cielo, nos enseña a estar a los pies del Señor, escuchándole y cumpliendo Su Voluntad, que se recoge en Su Palabra. El mes de Mayo, en pleno Tiempo de Pascua, nos brinda una ocasión propicia para, de la mano de Nuestra Señora, gozar intensamente con Cristo Resucitado y presente en medio de nosotros, y convertir nuestro corazón totalmente al Señor para que así, siendo todo suyos, poniendo todo en sus manos, le tengamos solo a Él como nuestro tesoro. Todo lo demás pasa, solo Dios permanece siempre. Que Nuestra Señora nos enseñe a poner toda nuestra confianza en la bondad y misericordia de Dios.
El mes de Mayo, además, comienza en viernes, es decir, un Primer Viernes de Mes, especialmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, y le sigue un sábado, es decir, un Primer Sábado de Mes, especialmente dedicado al Inmaculado Corazón de María. Es providencial tener el recuerdo del Señor y de Nuestra Señora justo al comienzo de este precioso mes de abundantes Gracias. Ellos son nuestros modelos, nuestros intercesores ante el Padre, y a ellos nos debemos acoger siempre como buenos hijos y esclavos.
Cada persona, cada ser humano, “ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a Dios, y por medio de ello salvar su alma” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales nº23). El hombre ha sido creado para Dios, que es su único fin. Todo lo demás son medios para ayudarnos a alcanzar esa meta. Dios, creador de todo lo que existe, ha estado grande en la obra de la creación, pero más aun si cabe en la obra de la redención. El hombre, que por desobediencia, por sucumbir al engaño del demonio, de Satanás, se apartó de la Gracia de Dios, hoy puede acceder a esa Gracia, a la comunión con Dios, por medio de la Puerta que es Cristo. Y a Cristo podemos llegar de la forma más directa por medio de María, Nuestra Señora.
Que este mes de Mayo veneremos y honremos a nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen María, como ella merece. La que en todo fue la esclava del Señor nos trajo, por su “sí” incondicional, al Autor de la Vida. Ella vela a cada momento por cada uno de nosotros para que un día alcancemos, con ella y con toda la multitud de los santos, la Gloria Eterna que nos aguarda. Y si a algo nos anima siempre Nuestra Madre y Señora, es a estar a los pies del Señor, de rodillas ante el sagrario, pues en el tabernáculo se encuentra Dios mismo, Nuestra Vida, Nuestra Esperanza, dándonos siempre su infinito amor y enseñándonos a amar como Él nos ama. Nadie puede dar lo que no tiene. Nadie puede amar incondicionalmente si antes no se reconoce amado de esa forma por Dios, fuente de todo amor.
Por último, el día 1 de Mayo hacemos memoria de San José, destacando de él su santidad en el trabajo, pero sin olvidar que esta santidad alcanza toda su vida. San José, patrono de la Iglesia Universal, es modelo de esposo, de padre, de trabajador, de persona justa, humilde, santa, entregada… Que este mes de Mayo, de la mano de San José, de la mano de Nuestra Señora, nos unamos más a Cristo Resucitado y avancemos hacia el Cielo con paso firme, haciendo la Voluntad de Dios en todo, para poder un día, en la Gloria, por medio de Cristo Redentor, contemplar el Rostro de Dios Padre por toda la eternidad.
Santa María, ruega por nosotros.
San José, ruega por nosotros.
Recibid, con mi oración por vuestra santidad, un fuerte abrazo,
Ignacio de Loyola Hierro Ausin
Miembro del Consejo Nacional de ARPU
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