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Tocados por su Amor

Ir a Ejercicios no es añadir una práctica piadosa a la vida, sino exponerse —con una cierta gravedad interior— a la posibilidad de que Dios deje de ser una noción y se convierta en experiencia. En el fondo, todo hombre vive disperso entre voces, afectos y deseos que no gobierna; y sólo cuando se retira, cuando consiente el silencio y la desnudez del alma, comienza a advertir que dentro de sí hay un orden que no es suyo y una llamada que no se ha dado a sí mismo. Eso fue lo que ocurrió en San Ignacio de Loyola: no inventó un método, sino que atravesó una purificación tan radical que descubrió cómo el alma puede ser conducida, casi con precisión, hacia el encuentro con Dios. Los Ejercicios nacen de ahí: de una pedagogía del Espíritu que no busca consolar superficialmente, sino desarraigar lo que estorba, liberar de los afectos que encadenan y conducir a una libertad real, aquella en la que el hombre puede “buscar y hallar la voluntad de Dios” en lo concreto de su vida . Pero ese proceso no es dulce en el sentido trivial: es una obra interior, lenta y a veces dolorosa, como la del escultor que no añade, sino que quita; que no adorna, sino que hiere para revelar la forma escondida. Por eso los Ejercicios son, en su núcleo más hondo, una experiencia mística en sentido estricto: no porque multipliquen fenómenos extraordinarios, sino porque introducen al alma en un conocimiento interno de Cristo que transforma la mirada, el deseo y la voluntad.
Quien entra de verdad en ese camino no sale con ideas nuevas, sino reordenado desde su raíz: habiendo gustado el Principio y Fundamento, que le sitúa en la verdad de haber sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y reconociendo que todo lo demás sólo tiene sentido en la medida en que conduce a ese fin; habiendo atravesado el discernimiento de las dos banderas, donde se desvela la lucha entre el espíritu del mundo —que promete grandeza y encadena— y el de Cristo —que llama a la humildad, a la pobreza y a la verdadera libertad—; y, en ese combate interior, aprendiendo a elegir no lo más fácil ni lo más brillante, sino aquello que más conduce al fin para el que ha sido creado. Así, el alma no sale simplemente con consuelos, sino orientada, unificada y dispuesta, con una lucidez nueva para reconocer la voluntad de Dios y adherirse a ella.

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