Vivimos tiempos que necesitan un plus de santidad. Nos podemos meter sin darnos cuenta en la centrifugadora del trabajo, hacer muchas cosas, a veces sin hablar de Dios, otras veces hablando mucho de Él, pero hay que hablar más con Él. Las parroquias tener llenas las agendas de reuniones, comisiones, proyectos, nos agotamos planificando. Y, sin embargo, muchos fienes experimentan hambre espiritual.
No pedimos sacerdotes perfectos, no lo fueron los primeros apóstoles. Pedimos sacerdotes comprometidos con la vocación común a la santidad.
No pedimos más cosas sino más Dios.
Concepción Cabrera de Armida lo expresó estupendamente interpelando a la Iglesia de todos los tiempos: «La Iglesia no se salvará por la multiplicación de obras sino por la santidad de sus sacerdotes».
Esta es la reflexión de quien se acerca al misterio sacerdotal como mujer, madre, esposa que ama apasionadamente a la Iglesia y el sacerdocio.
1. El sacerdote nace en el Sagrario
Para Conchita Cabrera, el sacerdodio no se entiende desde la función, sino desde la CONFIGURACIÓN interior con Cristo Sacerdote y Víctima. Ella escribe:
«El sacerdote debe ser otro Cristo, pero especialmente Cristo Eucaristía»
Aquí está el núcleo de todo proyecto formativo auténtico de los seminarios: El sacerdote no se forma para hacer sino para ofrecerse.
La crisis del sacerdocio no es primero disciplinar o ritual. Es eucarística. Cuando el Sagrario deja de ser el centro la vocación pierde sentido, la pastoral se vuelve activismo y el alma del sacerdote se cansa y pierde el amor primero.
2. ¿Dónde descansa el sacerdote? Cuando el sacerdote cae en una especie de fatiga del alma, un desgaste interior que no se arregla con vacacones ni con reorganizaciones o cambios pastorales, el descanso lo encuentra en la Eucaristía. Concepción Cabrera dice que el sacerdote no se agota por darse sino por dejar de ofrecerse: «el sacerdote debe vivir como hostia con la Hostia».
Dª Juana Carou, nuestra fundadora de la Adoración Real perpetua y Universal no escribió grandes tratados místicos. Aunque tuvo grandes experiencias místicas vivió una vida ejemplarmente humilde, cuyo centro y meta era la adoración perseverante. Dede aquí entendió que necesitamos sacerdotes sostenidos por la oración y también despertados por ella.
Nuestro Movimiento nace arropado por santos y fervorosos sacerdotes y obispos, hombres de oración y fervorosa adoración. Con la espiritualidad propia de la ARPU se formaron a los seminaristas y sacerdotes para recordarles que su centro, criterio y ejemplo debe ser el Sagrario y si falta esto, la comunidad se vacía poco a poco como una planta sin agua, como una extremidad amputada del cuerpo.
La Iglesia necesita hombres de Dios. Decía Dª Juana: Si supieran cómo les ama Jesús, no saldrían con facilidad de su oración ante el Sagrario.
Esta afirmación nace desde el amor.
Queremos que los sacerdotes recen
Que celebren la Eucaristía con fe visible, con silencio, decoro, con asombro pero sin aplausos
Que sepan escuchar sin prisas
Que acompañen y enseñen a amar a Cristo, no a depender de ellos
Conchita lo expresó con fuerza: » Un sacerdote tibio entristece el Corazón de Jesús más que un pecador ignorante»
Hay que decirlo con serenidad: la formación sacerdotal necesita volver radicalmente al Sagrario.
No sólo como horario sino como experiencia interior que suscite naturalmente el anhelo eucarístico.
El seminarista debe aprender a estar en silencio ante Cristo, ofrecer su vida sin honores y reconocimiemtos, dejarse mirar por el Señor trapasado (como el apóstol Tomás), discernir desde la oración, no desde el desconcierto del futuro.
Doña Juana Carou Rodríguez (1874-1933), estaba convencida de algo muy sencillo: una parroquia con adoración constante nunca muere, aunqu sea pequeña.
Esta adoración no implica que el sacerdote no salga por tener que exponer el Santísimo,no. La propuesta de ARPU es que el fiel debe visitar a Jesús en el Sagrario cuando la parroquia está abierta pero no hay un acto específico de adoración, sino que Jesús está más solo.
La adoración no resta fuerzas a la pastoral, la purifica. Así el sacerdote que promueve la adoración no pierde la autoridad sino que la gana aunque en un primer momento pueda resultar extraño o incomprensible en los fieles. Promover la adoración no es perder el tiempo sino redimirlo y los fieles lo notan siempre, incluso los que no acustumbran a entrar en la iglesia pues ven una dinámica extraordinaria de almas que entran y salen como las avejas de la colmena y elaboran rica miel mística para todo el barrio.
Todo se restaurará en nuestra amada Iglesia cuando los sacerdotes vuelvan al Sagrario.
¡Qué testimonio de mis párrocos cuando los vemos orando en la capilla!
Termino con un poema inspirado en la espiritualidad de nuestra fundadora:
No vengo a pedirte nada, sacerdote,
vengo a velar contigo.
Sé que el peso es grande
y el silencio a veces duele.
Por eso estoy aquí
cuando nadie aplaude
y nadie ve.
Tú sostienes el Cáliz
pero Él te sostiene a ti.
Desde el Sagrario
rezo por tus manos cansadas,
por tu fe cuando tiembla,
por tu amor cuando se enfría.
No estás solo.
Nunca lo has estado.
Mientras ofreces a Cristo al mundo,
el adorador vela para que Cristo te ofrezca a ti.
Quédate.
Arrodíllate.
Descansa.
Te invitamos a formar parte de nuestra comunidad de adoradores, donde, desde la fundación (8 de agosto de 1927), ha habido muchos miembros sacerdotes. Descubre la belleza de la adoración eucarística y cómo puede transformar la vida de tu parroquia. Únete a nosotros y sé parte de un movimiento que busca inspirar y renovar la fe en el Prisionero del Sagrario: el Sagrado Corazón eucarístico.
En tu parroquia podría formarse un grupo. Decrubre cómo.
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