Si buscas en internet “pantalones cagados”, encontrarás a Amazon, Shein o el Corte Inglés dispuestos a venderte este tipo de “pantalones abajo” o “pantalones caídos”, con la costura del tiro trasero a la altura de los muslos o incluso de las rodillas.
Y si pones “significado de pantalones caídos”, te cuenta el origen de estos pantalones de los reclusos de las cárceles americanas, en las que, por motivos de seguridad, no podían llevar cinturón, y a menudo les daban pantalones de tallas más grandes.
Luego, “papá negocio” se encargó de fabricarlos y venderlos. Los “pantalones caídos”, llevados por adolescentes y jóvenes, se convirtieron en moda de tendencia urbana, de rebeldía ante el sistema… y, añado yo, de desesperanza ante la falta de horizontes.
Viendo andar a este chaval, con su desgana, se me antojaba que debe ser bastante incómodo caminar con el tiro trasero del pantalón en las rodillas.
El resto de la indumentaria era acorde a sus pantalones. Gorra negra, llevada de medio lado, con la visera muy baja, hasta el punto de que apenas se veían sus gafas de sol, que también llevaba abajo, casi en la punta de la nariz.
Diríase que toda su imagen era la de una persona caída. Su vestimenta y los complementos -pantalones, visera, gafas- eran reflejo de su bajo estado de ánimo. Incluso ese “estar abajo” se reflejaba en su modo de andar, cansino y agalbanado.
A mitad del paseo, le sugerí a mi padre que nos sentáramos en el banco del parque. Él en la silla de su andador y yo en la esquinita del banco, a la que aún no le daba la fría sombra.
Se acercó el chico de los pantalones cagados y me preguntó, amablemente, si se podía sentar en el banco. Le dije que por supuesto que sí. E iniciamos la conversación.
– ¿Cómo se llama este parque?
– El parque Félix, en recuerdo de Félix Rodríguez de la Fuente, un amante de los animales salvajes, que era de Burgos. Y le conté, brevemente, quién era Félix, sus reportajes pioneros y cómo murió. También, le dije, lo llaman el parque de los patos. Además, un señor en silla de ruedas, le llamaba el parque del “desguace”, pues en el tiempo bueno está lleno de ancianos con cachaba, andador y sillas.
Me gusta este parque, añadió.
Cambiamos de tercio, en la conversación.
– ¿De dónde eres?
– Soy de Colombia. Y me mostró en el móvil su ciudad, ubicada a más de 1000 metros sobre el nivel del mar.
– Entonces estarás acostumbrado al frío.
– Bueno, este invierno he pasado mucho frío. Luego hablamos del tórrido y seco verano burgalés, en esta nuestra tierra de contrastes.
A pesar de su triste mirada, que intuía tras sus gafas negras, y de su apagado tono de voz, continuamos charlando.
– ¿A qué te dedicas?
– Soy repartidor de Glovo. Reparto en bici. Y hoy es mi día libre.
– Me dais pena cuando os veo. Sois los nuevos esclavos de este mundo.
– Sí. Los que trabajamos en Glovo somos los inmigrantes sin papeles. Distribuimos unos doce pedidos diarios y nos pagan 800 euros mensuales.
– ¿Y qué tal os recibe la gente cuando le lleváis el pedido?
– Mal, muy mal. Una vez lo tiraron al suelo y otra vez me lo echaron a la cara.
Mientras platicaba con el joven colombiano, me acordaba de aquel pasaje evangélico del joven rico: “Vino uno corriendo y le dijo: Maestro, ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”
El protagonista de este relato, sin embargo, vino muy despacito y lo que anhelaba era una vida digna y que fuera tratado con respeto.
¿Qué le habrá llevado a venir a España? No hablamos de ello. Pero estoy convencido de que en su tierra tenía menos expectativas y sufriría violencia, como tantos venezolanos, colombianos y africanos. Seguramente, su aún corta vida no habrá sido nada fácil.
Tampoco sé dónde y cómo vivía aquí, en Burgos. Quizás en una habitación de alquiler, en un piso compartido con otras tres o seis personas, con un “solo váter para muchos culos”, como me comentaba, en cierta ocasión, un chico hondureño.
Ni hablamos de si estaba solo o con su familia ni de cuánto tiempo llevaba en Burgos.
Aquella niña, que iba de campamentos hace más de veinte años, se acercó, con el cochecito en el que iba su pequeña de casi un añito. Nos saludamos y le pregunté por su vida, sus padres, su hermana… También tenía ganas de hablar.
El chico de los pantalones cagados, a quien no pregunté por su nombre, se levantó al cabo de tres minutos y se marchó, pues la conversación que mantenía con la joven madre, lógicamente, no iba con él.
Se alejó como había venido, cansino, desganado, desaliñado, desmotivado. Se alejó arrastrando sus pantalones; arrastrando su vida.
Aquel joven, al escuchar la petición de Jesús, “se fue triste, porque era rico”. En esto sí que se parecían el chico del evangelio y el colombiano. Ambos marcharon tristes, el primero porque el apego a sus bienes le impidió seguir a Jesús; el segundo porque, sumido en su pobreza, quizás
no veía luz para su vida.
Es el destino de tantos jóvenes de aquí, de allá y de los que vienen de fuera. Viven en este mundo hostil, sin paz, sin medios económicos, sin recursos para comprar una casa, ni siquiera para alquilarla.
Cuando voy por la calle, observo los rostros serios de las personas. Intuyo que, en la mayor parte de los casos, no es sólo por el recio carácter castellano o a causa del frío de esta nuestra tierra. ¿Qué habrá detrás de esos rostros circunspectos, preocupados, adustos? ¿Cuántas historias de desamor, de problemas y de dificultades esconden tras sus miradas ásperas, humilladas y perdidas?
Es preocupante la situación de desesperanza y de falta de expectativas de futuro en muchas familias. Pero más doloroso, aún, es ver a unos jóvenes sin presente ni futuro y a ancianos en soledad, desvalidos y con los achaques de la edad.
Regreso a la casa paterna después de la eucaristía vespertina en una de las parroquias.
Cuando ya estoy en el ascensor, observo que abren la puerta del portal. Y ¡oh, sorpresa! Asoma un chaval de rasgos sudamericanos con su mochilón a la espalda. Esta vez es de color rojo y pone “Just eat”. Me viene a la mente el chico de los pantalones cagados que conocí en el parque.
Espero a que entre en el ascensor para subir juntos y aprovechar el viaje.
– Estarás pasando frío esta noche, ¿verdad?
– Mucho, señor, me responde educadamente
– ¿Y cómo te mueves?
– En patinete, señor. Lo he dejado fuera, me lo guarda un amigo.
Llegamos al cuarto piso. También él se apea. Imagino que llevará la cena a los vecinos de enfrente, unos jóvenes que han venido recientemente.
¿Será su última entrega o le quedarán más? Desde luego, la noche no está para pasar mucho tiempo en la calle.
¡Pobres chicos! Mientras a unos les llevan la comida calentita a domicilio, los siervos repartidores de nuestros días pasan frío y se exponen a accidentes por cuatro miserables euros.
Al menos, el chaval de esta noche no llevaba pantalones cagados y su rostro y modo de andar expresaban, intuyo, un espíritu de lucha por seguir adelante.
Al despedir esta jornada, mi pensamiento vuela hasta el chico que se sentó junto a mí en el banco. Pienso también en otro joven, igualmente venido de tierras lejanas, a cuyos ojos afloraban las lágrimas cuando ayer tarde me contaba el revés que había sufrido en su ya precaria situación vital. A pesar de todo, acababa diciendo él mismo al despedirse, después de la noche llega el día y la luz.
Señor, te presento la vida de tantos miles y millones que sufren la pobreza, la violencia, la vulnerabilidad, el abuso de los demás. Que nunca transija con la injusticia de quienes se creen más y mejores por el color de la piel, por su trabajo, por su poder económico o por su religión.
Ayúdame, Señor, a saber escuchar, a ser semilla de esperanza para el cansado. Anímame a esbozar una sonrisa al apaleado, al que está al margen, al que no cuenta. No permitas que me apoltrone en mi vida cómoda y haga oídos sordos al clamor de los humillados. Que sepa mirar más allá de las apariencias y deje transparentar, a todos, tu corazón de Padre.
Eduardo 14-3-26
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