Cofundador de la Adoración Real, Perpetua y Universal — Mártir de la Guerra Civil española
Hay vidas sacerdotales que se recuerdan por lo extraordinario, y hay otras que enseñan precisamente por su fidelidad sostenida en lo ordinario. La de D. José Llés Segarra, Arcipreste de Àger, es de las segundas. Fue un buen teólogo —dedicaba a diario tiempo fijo al estudio, era una norma de vida, y tenía nivel suficiente para que años después se le encargara colaborar en la redacción de las constituciones de las Religiosas de la ARPU—, pero quizá le faltó una amplia red de contactos y sobraba en él sentimiento: necesitaba sentir la teología, no sólo razonarla. No hay por qué suponer que le faltara altura en la predicación; lo que sí sabemos, porque lo cuentan quienes le conocieron, es que conmovía los corazones más que los convencía con argumentos. Le llamaron necio y santo casi por igual, a veces las dos cosas en la misma frase. No es un sacerdote conocido, ni tiene, de momento, un lugar en los santorales; es un cura que pasó casi desapercibido. Pero no todos los santos necesitan pasar por ahí para serlo..
De niño, en su Benavent natal, José no se interesaba por nada que no fuera el estudio y la Iglesia. Antes incluso de hacer la Primera Comunión —que hizo a los nueve años— ya esperaba «con delirio» entrar en el Seminario. Fue su hermano mayor, maestro nacional, quien con su propio sueldo le costeó la entrada, a los once años, en una familia que apenas tenía una calidad de vida adecuada.
Durante los años de formación, su única ocupación en verano era estudiar y «hacer compañía a Jesús Sacramentado». Asistía cada día a Misa y comulgaba; si el párroco de su pueblo faltaba, caminaba hasta el pueblo vecino para no perderse la Eucaristía. Cuando algún familiar le decía que no fuera por el calor, respondía con una frase que ya contiene, en germen, toda su vida futura:
«Sí, sí que voy, porque esta Misa no volverá.»
Para todo seminarista que hoy se pregunte si merece la pena tanta exigencia diaria con uno mismo, ahí está la respuesta de un muchacho de pueblo: cada Misa es irrepetible, y por eso no se falta a ella por comodidad.
Ni siquiera el servicio militar torció esa entrega. Rechazó, siendo aún joven, una carrera militar segura y brillante —llegó a decir, siendo ya sacerdote, «hoy sería coronel»— para conservar intacta la vida fervorosa aprendida en el Seminario. La vocación, en él, no fue una etapa: fue una decisión sostenida contra las alternativas más razonables del mundo. Vivió sacerdotalmente antes del seminario, en el seminario y cada día de su sacerdocio.
De su puño y letra, firmado como «Joseph Llés Pbro.», se conserva un documento que todo sacerdote o seminarista debería leer despacio: un plan de vida de trece puntos, sobrio y concreto, sin retórica, que se propuso cumplir sin excusas y que efectivamente cumplió durante cuatro décadas.
Sobre la oración y la Eucaristía diaria:
«Tendré a lo menos cada día al levantarme media hora de oración mental, que no omitiré por ningún pretexto o causa.»
«Me prepararé debidamente para celebrar la Santa Misa empleando en esta preparación un cuarto de hora […] No omitiré ningún día de mi vida la celebración del Santo Sacrificio fuera de alguna causa imprevista y poderosísima que me lo impidiera; y acto seguido daré gracias por espacio de un cuarto de hora.»
Sobre el examen de conciencia y la dirección espiritual:
«Me confesaré cada ocho días bien aunque me sea molesto y preparándome debidamente.»
«No omitiré nunca sin grave ocupación el examen tanto de mediodía como el general de por la noche […] y en el día de retiro de cada mes, que elegiré, pasaré balance o cuentas.»
Sobre la obediencia —virtud que después vivió literalmente, aceptando dirigir la Adoración Real Perpetua y Universal considerando que había otros mucho mejor preparados y con más liderazgo—:
«Me impongo como obligación el no quejarme para nada, cuando el Sr. Obispo me destine y en general de todo lo que de mí disponga, aunque a mí no me pareciere justo y equitativo.»
Y una brújula para cada acto del ministerio, tan simple que cabe en las páginas del Breviario:
«Antes de hacer cualquier obra, me haré la pregunta siguiente: ¿qué exige Dios de ti en este mismo acto, como lo ejecutarás para mejor agradarle?»
No es un texto piadoso genérico, de los que se leen una vez y se archivan. Es una regla de vida que un sacerdote escribió para sí mismo y que después, con los años, se convirtió en su propio retrato.
Ordenado sacerdote, sirvió en Vilaller, seis años en Claramunt, once y medio en Butsemit de Mongay y otros once y medio como Arcipreste de Àger. En todas partes se repitió el mismo patrón, que puede ser hoy un examen de conciencia útil para cualquier párroco: la comodidad de la rutina pastoral tira siempre hacia abajo, y él, sistemáticamente, eligió lo contrario.
En Claramunt, cuando se publicó la encíclica de San Pío X sobre la Comunión diaria, no se limitó a predicarla desde el púlpito: convenció personalmente a su cuñada Raimunda hasta que fue la única persona del pueblo que la practicaba. Sus compañeros sacerdotes le invitaban a cazar; él respondía que su única distracción era el Sagrario.
En Butsemit implantó el Apostolado de la Oración con tanto empeño que el pueblo, molesto porque «arrastraba a la juventud» lejos del baile, le dedicó una copla burlona:
«Mira el José / que una se ha pensado / el primer viernes del mes / papeleta hace pasar / para avisar a las beatas / que se vayan a confesar.»
Él se reía y seguía. No hay en toda su biografía un sólo episodio de resentimiento ante la incomprensión: sólo perseverancia amable, apostolado frenético acompañado de largas horas de Sagrario.
En Àger, ya Arcipreste, sus noches tenían un patrón fijo: cuando el pueblo salía del baile y del cine, él volvía de la iglesia contigua a su casa, donde había pasado horas ante el Sagrario. «¿Qué pasa, D. José, que viene a estas horas de la Iglesia?», le preguntaban con sorna. Y él respondía siempre lo mismo, sin necesidad de justificarse más:
«Nada, hijos, vengo de hacer compañía a Jesús Sacramentado que allí, en el Sagrario, está solo noche y día.»
Cuando proponía formalmente instaurar la Adoración, antes de conocer a Dª Juana Carou que le hablo de la ARPU, a sus propios superiores y compañeros de sacerdocio, algunos le trataron de «neurasténico», de soñador imposible. Su respuesta es, quizá, la frase que mejor resume su celo pastoral y la que cualquier sacerdote podría hacer lema personal:
«Los reyes de la tierra tendrán quienes les haga la corte, y el Rey de los reyes no tendrá compañía. Lo que no puede ser es que Jesús esté solo.»
Los proyectos de Dios no surgen de una nada espontánea: se desarrollan en la fidelidad humilde, resignada, paciente a un gran llamado con medios contingentes. El 20 de noviembre de 1923 escribió una carta a la revista El Granito de Arena de la que se publicó el 5 de abril una reseña titulada: «Las ansias de un Arcipreste que se muere de pena por la soledad de los Sagrarios abandonados». No era el proyecto de un joven idealista, sino el grito, ya curtido por años de noches solitarias en la iglesia, de un párroco que llevaba toda su vida haciendo en privado lo que después propondría al mundo entero.
Esa reseña llegó a Huelva, a manos de Doña Juana Carou Rodríguez, quien reconoció en aquellas letras, palabra por palabra, sus propios sentimientos. De ahí nació una correspondencia, un encuentro en Madrid mediado por San José María Rubio, y finalmente, el 8 de agosto de 1927, la fundación en Cercedilla de la Adoración Real, Perpetua y Universal: la respuesta institucional, a escala universal, a lo que un cura de pueblo llevaba media vida haciendo en soledad, sin testigos, ante un Sagrario de aldea.
Murió mártir en 1936, en la playa de «El Piles» (Gijón), perdonando —según testimonio de uno de sus propios verdugos— a quienes le mataban. Su causa de beatificación sigue abierta, parece que a finales de este año o tal vez ya en 2027 sea proclamada su beatificación junto con otro centenar de mártires de la persecución religiosa en España.
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A todo sacerdote o seminarista que llegue hasta aquí, quizá lo más justo no sea admirar a D. José Llés desde lejos, sino preguntarse, como hacía él antes de cada acción: ¿qué exige Dios de mí en este mismo acto? Su vida no fue extraordinaria por los medios —una parroquia rural, sin recursos, sin apoyos, incluso con la incomprensión de sus propios superiores—, sino por la constancia diaria de una fidelidad muy concreta: media hora de oración cada mañana, una Misa nunca omitida, un examen de conciencia cada noche, y un rato robado al descanso, cada día, para no dejar solo al Sagrario.
No hace falta fundar una Obra universal para seguir su ejemplo. Basta con no faltar, hoy, a esa cita.
Si deseas conocer cómo formar un grupo de adoración según la espiritualidad de la Adoración Real. Perpetua y Universal te dejo cuento cómo hacerlo. No es un acto más que exija del sacerdote aún más tiempo en la parroquia. Te cuento:
Conviene aclarar que ARPU no es adoración perpetua, ni nocturna, aunque podemos participar de ambas. Su gran ventaja es que se implanta con facilidad porque no requiere exposición solemne del Santísimo: basta con adorar ante el Sagrario.
Para comenzar, se ofrece a los fieles la posibilidad de acompañar a Jesús dentro del horario habitual de apertura del templo, sin exigir al párroco o sacristán ningún horario extra. De hecho, con que tres o cinco personas se animen a dedicar 30 minutos a la semana ante el Sagrario, ya se puede formar un grupo parroquial de ARPU.
Este grupo es autónomo e independiente, pero sin perder de vista que ARPU tiene vocación universal y tiene una historia y carisma propio: se trabaja en hermandad entre parroquias y diócesis, siempre respetando las responsabilidades de cada fiel en su propia parroquia.
Formación y crecimiento del grupo
Cuando existe quórum para formar un grupo de ARPU, se ofrece una formación mensual dirigida por el párroco o por quien él delegue, procurando conciliarla con otros grupos de la parroquia para no multiplicar esfuerzos innecesariamente, si el grupo fuera lo suficientemente numeroso podría tener su propio espacio siempre bajo la tutela y dirección del párroco.
Los miembros de ARPU están llamados a crecer dentro de la parroquia, apoyando al sacerdote en su labor pastoral y litúrgica. Por eso ARPU puede ser también semillero de vocaciones: al acolitado, al lectorado, al diaconado permanente, al sacerdocio y a la vida consagrada. Se anima a los miembros a participar, en la medida de sus posibilidades, en convivencias y retiros parroquiales, así como en las actividades similares que puedan proponer ARPU diocesana y nacional.
Si desea que le enviemos el material disponible, o necesita hablar personalmente con nosotros para resolver dudas o cualquier incidencia, no dude en escribirnos o llamarnos a este mismo teléfono, o por correo a arpu@arpu.es o arpuburgosnacional@gmail.com.
Fuentes: archivo de la Adoración Real, Perpetua y Universal (ARPU) — testimonios de Dª. Raimunda Plá y de Rosita Font; Plan de vida autógrafo de D. José Llés; «Fechas memorables ARPU». www.arpu.es
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